Botafogo es Don Vilanova....

De viaje por el tren de Camino Negro.
OTRO LUNES DE LUXE




Este último lunes nos visitó un gran tipo de reconocida trayectoria musical: un gran ídolo del blues local: Don Vilanova, ex Botafogo, amigo de Pappo y líder de la ya mítica banda Durazno de Gala.


El viaje arrancó con otra reconocida figura pero del periodismo yel rock: el Ruso Verea mantuvo un diálogo con el Oso y Gomar acerca del negocio del fútbol en Argentina:

(para escuchar este y otros audios poné stop en el reproductor "atómika en vivo")

Cruce de Don Vilanova con El ruso Verea, la presentación literaria deluxe,a cargo de nuestro Capitán Buscapié, de Don Vilanova y/o Botafogo; cierra este audio a contraluz del alba...:




El viaje siguió con la entrevista al músico quien nos contó como fue ese encuentro con la música y la viola...:





Cristina Dall sorprendió a Don Vilanova con un diálogo telefónico muy afectivo. También escuchá en este audio algunos temas en vivo que tocó para los escuchas del camino negro:






El Porqué del adiós a Botafogo y la bienvenida a Don Vilanova:





Más tarde en su ojalata de cuerdas nos deleitó con su acordes. Habló de Pappo y también de la cuestionada Ley del Músico:






Y así con blues se fue una noche muy especial en este Camino Negro interminable. Una noche verdaremente inolvidable para nosotros.












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CRóNICAS DEL CAPITáN BUSCAPIé







NO CONOCÍ A BOTAFOGO


No conocí a Botafogo por la destreza de sus dedos en las cuerdas ni tampoco por haber tocado en Pappo´s Blues junto al Carpo, y eso que tuve tres discos. Tampoco lo descubrí al verlo tocando de soporte de B.B. King o de Carlos Santana. Ni aún por haber compartido escenarios junto Deacon Jones o Johnny Rivers. Me da vergüenza recordar que una vez fui a ver Durazno de Gala en un bar frente a la estación de Munro y no supe nunca que había ido a ver a Botafogo. No conocí a Botafogo por nada de todo esto.
Conocí a Botafogo por medio de una mujer.
Porque hace unos años estábamos con mis amigos en un antro del barrio de Flores, allí en la Avenida Rivadavia, muy eufóricos entre cervezas, cigarros y rockanroles, carcajadas largas y cáscaras de maníes desparramados en la mesa sucia.
En fin, sin meterme en otras largas y vagas descripciones, di con su rostro y entonces fue señalársela con los ojos a Marcelo y él que se da cuenta y acerca su cara y me dice “de las que te gustan a vos: una típica hermosa stone de Flores”. Entre miradas y otros vasos de plástico me acerqué sin expectativas de nada y luego estábamos hablando de que estudiaba guitarra y que lo hacía con un tipo groso. Anonadado con tanta belleza fugazmente se me olvidó el nombre del tipo con el cual estudiaba, en la calle me lo volvió a repetir y entonces sí oí por primera vez, creo yo, Miguel Botafogo. Entonces me contó que el tipo era un groso de la escena del blues local, que había tocado en muchos lugares incluyendo Europa y Asia, que había hecho mucha música con muchos músicos argentinos reconocidos como Charly García, las Blacanblues, los Guarros, entre otros tantos. Que había formado la, ya, mística formación de Durazno de Gala y que había vivido algunos años en Madrid en donde había participado de bandas como Cucharada (grabando el disco El limpiabotas que quería ser torero); o trabajado junto a personalidades como Joaquín Sabina (juntos grabaron Viceversa); Antonio Flores o el Mariscal Romero.
Recuerdo también que ella me llevaba de la mano por el boliche y yo no lo podía creer, tal salvaje belleza llevándome de la mano por aquel lugar vicioso de luces (me dejaba llevar aguardando el momento adecuado para besar sus labios garantizándome un domingo de sonrisas). Porque no estoy contando otra historia más, estoy relatando hechos que sucedieron junto a una de las mujeres más hermosas que tuve el gusto de conocer. Su tez blanco y su flequillo rolinga con mucho glamour, la suavidad al hablar, su estatura, su piel, su cuerpo, sus topper: todo ese conjunto que la volvía magna, irreal, la hacía ensueño, musa. Cómo será que pasan los años y a veces recuerdo el brillo de su pelo, las ganas que tuve de besarla, de hacerla un poco mía, de tomar su espalda en la oscuridad. Obvio que busqué sus labios y que ella agachó la cabeza. Y entonces no logré comprender, cómo más de una vez me ha pasado, la situación: por qué me tomaba de la mano, si no era necesario, si ella no necesitaba llevarme de la mano, por qué no dejaba que la bese.
Con el amanecer nos encontramos en la vereda y ella estaba yéndose cuando ansioso caminé rápido y me puse a su lado y le pedí su teléfono, temiendo siempre el desengaño de uno número falso.
Dejé pasar unos días y ella me contestó por teléfono, pasamos un tiempo hablando y así pude conocer algo de su vida y que Botafogo era una persona muy cálida cuando le enseñaba acordes y técnicas, que el tipo le había contado de sus giras por Japón y del disco en vivo que había grabado incluyendo dos temas cantados por él en japonés. También me habló de las presentaciones que había realizado en Chicago junto a la Carey Bell Chicago Blues Band. Y yo la dejaba hablar y a la vez anotaba porque conocer a Botafogo era entrar en su mundo.
El destino regaló otro encuentro en un bar de Villa Devoto, allí en un patio descubierto estuvimos hablando unas dos horas conociéndonos más. Contó que la llamaban de peluquerías para trabajar con su pelo, que estaba atravesando un terrible presente desde lo personal y que vivía junto a sus padres muy cerca de allí. Y no se hizo esperar el momento en el cual con demasiada tranquilidad habló de su profesor, de sus comienzos: había participado de banda como Engranaje, Avalancha y Carolina. Me enteré que el disco que había que escuchar entero era Botafogo Xpress, su disco favorito.
Cuando comenzó a caer la tarde caminamos sin rozarnos hasta a la esquina de su casa y con un rápido abrazo, que fue tan eterno para quien escribe, nos despedimos, sin saber en ese momento, que sería ésa la última vez en que nos volveríamos a ver.
Recuerdo que esa misma noche conseguí el disco Cambios y que me pasé cantando Con Elvira es otra cosa toda la semana siguiente. Tanto me gustaron temas como Ser el árbol y Mundo de Luz, que no tardé en comprarme el disco que ella me había recomendado y entonces Nuestra casa está en problemas, Blues caliente y El guitarrista que hacía llover fueron de mis favoritos, y así algunos discos comenzaron a desfilar en mi repisa musical.
Jamás volví a encontrarme con aquella mujer, hasta ya he olvidado su nombre y dónde vivía exactamente. A veces cuando ando por Flores recuerdo los lugares en donde nos hablamos, hablo de ella a mis amigos que ya no me prestan importancia, porque es natural que ellos no vivan con tanto énfasis aquel momento de manos y risas junto a ella, ocurre algo parecido a cuando uno se enamora de una mujer en un pequeño trayecto, en el tren, colectivo, cumpleaños o festival en la sierra. Para nadie es tan importante lo vivido y sobre todo cuando se le niega a uno la posibilidad de besar o abrazar.
Viajando hace unos meses atrás en un tren vi una publicidad de Miguel Botafogo y rápidamente la recordé y me pregunté una vez más para qué había servido todo aquello que había sido tan previo a la nada. Y entonces hallé la respuesta mientras caminaba por uno de los andenes de Retiro. Sí que sirvió. Sirvió para que yo conociera a uno de los más talentosos músicos de nuestra tierra. A ella le debo todo esta simpatía hacia don Vilanova; a ella que vaya saber si existió o existe, que vaya a saber de qué confín lejano se trasladó hacia mí con el fin divino de hacer llegar a mí esos temas bluseros que tanto me hacen mover en tardes en las cuales prefiero no salir de mi hogar.







dibujos Matiaseky