

qué será de la OPERACIÓN si tú estás lejos de CASA....EL PASTA NO SE VA
CRÓNICAS DEL CAPITÁN BUSCAPIÉ el pacto
Su diente de cristal brilló. La seguridad de compartir el silencio del desierto estableció promiscuidad. Por alguna razón me encontraba allí, frente a su silueta movediza, impaciente. Bajamos sincronizadamente de los autos: su diente volvió a brillar. El desierto continuaría desierto y la tempestad: ausente. En sus anteojos negro di con mi rostro (algo aliviado) pero sin descartar la posibilidad del espanto. Cruzó sus dedos y luego sonreiría, secaría esa frente marchitada por el calor insano de La Carolina, con un pañuelo de seda planchado; sus gargantillas crujirían al unísono casi imperceptibles; su sombrero oscuro tropezaría con el contraste del pálido paisaje.
La mirada del colectivero por el espejo me resultó conocida. Bajé como lo debe realizar el transeúnte que soy: sin mirar hacia atrás. En la vereda estaba ella, linda: como siempre. Su cabello rojo desafiaba la pureza del blanco de la vincha. Sonrió: como siempre lo hace ella. Me dejé llevar por el instinto: ella estaba feliz, al menos lo percibí en sus ojos muy negros. Mostró su boca y, eso fue todo. La noche cambiaba. La noche empataba su belleza. Prendí un cigarrillo, sabía que ella provocaría excesos, como siempre, no me preocuparía, quizá... Caminamos entre monólogos, secuenciados de algunas pitadas de tabaco; secuenciados por el curso de sus suspiros que siempre resultan tan gratos cuando el silencio es perpetuo.

En la entrada del albergue fui noble, exitoso, importante: ella estaba a mi lado, tomando mi mano. Fui escritor, futbolista, pintor, maestro, músico. Ella tenía esa calidad, no sé si consciente, de dejar libre a la creatividad dentro de mi imaginación. Sus labios sólo rozaron (sólo rozaron) mis mejillas y me dijo algo, ese algo muy difícil de explicar delante de los amigos. Sonrió impaciente (lo volví hacer: la miré), y en la puerta del ascensor se dejó abrazar. La habitación ciento cuatro no figuraba en los corredizos, todo estaba tan cerca pero tan imposible. Mis dedos se mezclaron en sus nudillos colorados, su mano volvió a sudar.
Prendió un habano. La gargantilla presa de su cogote dejó de moverse. Pitó. Una hilación perfecta de humo resurgió de la nariz. Dedujo con una mirada sospechosa mi intranquilidad, mis ganas de huir de aquel lugar, mis ganas de cerrar ese contrato místico.
- No creer que aquello pueda darte alguna satisfacción- sonrió – creo haber escuchado bien tu deseo – agregó entre simpáticos gestos. Intenté recordar un momento anterior a ése, en dónde le hubiese confiado mi necesidad. Pero no di con aquella situación. Seguro que él lo sabía de antemano.
Un blues de Albert King volvió la habitación un color más tenue. En el espejo me reflejaba alegre, como siempre lo suelo estar cuando ella opta finalmente por desvestirse. Me sequé las manos con una toalla. Dejé deslizar sus palmas por mi espalda aún sin desnudar. Sentí vértigo al oír el crujir de sus labios cálidos en mi cintura. Luego besó con la boca abierta los míos cruelmente, sin la mínima piedad con respecto a mi potencial lujuria que comenzaba a notarse en mis gestos. Sin sorpresa me acarició.
- Sufrir no es tan necesario– calló unos segundos – ... quizá un viaje o una buena suma de dinero te harían más infeliz, discúlpame, me tienes sorprendido – pitó nuevamente su gran puro y dejó disolver en el aire el resultado de una perfecta bocanada.
- Puede ser. Dinero me sobra (aunque sabía que él no buscaba eso).
- Lo sabía... – agregó.
- La felicidad me sabe a abundancia. Conozco cientos de países... otros quinientos de personas y el auto que deseo me aburre cada tres meses. La piscina está sucia y no sé cómo terminar aún las botellas de año nuevo. Necesito...
- Ven aquí – me acerqué, él estiró su mano – ves mi palma: tiene arrugas, arrugas de infelicidad, pero estas arrugas se disimulan constantemente con cerrar las manos, por convertirlas en puños, sobre todo ante contratantes- volvió a sonreír pero ahora silenciosamente – tú viste mi palma; yo te otorgaré lo que necesitas – sacó un mazo de cartas y comenzó a mezclarlas con admirable calidad.
Un orgasmo. Ella dejó morir sus brazos en mis hombros, su lengua y el mutis. Me dijo alguna cosa que me hizo feliz y no volvió a hablar por un tiempo demasiado exhausto. Luego me dio la espalda: comprendí más tarde por qué me gustaba observarla en el espejo. No me animé a atemorizar su piel con alguna imperfección de mis manos. Ella lo intuyo, ella volvió a sonreír.
- Gracias, si te sirve – y dejé de hablar para siempre. Firmé el papel y me dirigí hacia el auto sin despedirme, él supo comprender. Marchamos sin mirarnos, pero sí presintiéndonos bajo la sensación de una copiosa felicidad.
Ella se vistió. Mudó sus lágrimas a un papel tisú. No hablaba. Su cabeza cabizbaja rolaba la secuencia. Tomaríamos un taxi debido al cansancio, nos prometeríamos cosas que nunca se cumplirían, nos besaríamos de la manera que se besa cuando se está por dejar de besar, provocaríamos alguna desatención producto de movimientos torpes (desesperados). Una vez en la vereda de su casa ella me abrazaría y yo la acariciaría. Y nos despediríamos siempre con miradas y sin palabras. El domingo sería lunes y mi felicidad: tristeza.

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CAMINO NEGRO EN LA LATIN JAM